diéndolo como el necesario despeje a partir del cual las luces y las sombras de la razón podrían entrecruzarse, determinando así la nueva cosa del pensar.Hacia el mismo año se producía en estas latitudes un debate fundamental para el pensamiento latinoamericano, a partir de dos textos emblemáticos de Leopoldo Zea[2] y Augusto Salazar Bondy[3]. Dicho debate giró en torno a la posibilidad misma de una especificidad filosófica auténticamente americana. En cierto sentido, podemos hablar a partir de ahí de un despeje dentro del cual el filosofar en Latinoamérica comienza a sentirse capaz de ingresar en la historia de la filosofía universal con su identidad propia, sin necesidad de incurrir en la repetición sistemática de otros pensamientos y de otros modos ajenos de hacer filosofía.
Sin embargo -manteniendo el sentido de la Lichtung heideggeriana- nos interesa establecer en este caso un despeje de mayor profundidad. Hablamos de la esperanza, como posible categoría filosófica que encierra una dimensión existencial particular de América desde la cual se pueden repensar las distintas categorías que nos son propias.
En el caso europeo, hablamos de un despeje que se da a partir de una crisis terminal, que Heidegger intenta amenguar con la noción de acabamiento. En nuestro caso, en cambio, hablamos de un porvenir en estado de latencia permanente, ajeno a los vicios que el reinado de la racionalidad occidental pudiera imponer.
La esperanza ha sido tema de reflexión en distintos momentos de la historia de la filosofía. Sin embargo, nos interesa aquí identificar las posibilidades que este concepto puede desplegar a partir del arraigo que lo americano puede brindarle. Nos referimos concretamente a la relación que se puede establecer entre la categoría de mero estar nomás, estipulada por Rodolfo Kusch, y la esperanza, tal como la pretendemos desarrollar aquí.
Heidegger afirma en el texto mencionado que “La Lichtung es lo abierto para todo lo presente y lo ausente.” [4] Precisamente la esperanza resulta una dimensión donde se despliega esa duplicidad de sentido: es la posibilidad del porvenir, basado en lo existente del presente.
Esto concretamente implica aproximarnos a una caracterización de la esperanza como un porvenir posible, en base a reencontrarse con el arraigo seminal que nos brinda la dimensión del mero estar nomás, partiendo de una actitud de espera activa, como gesto afirmado genuinamente en América.
Esto refuerza la idea de que por detrás de lo contingente de la vida humana descansa una apertura hacia lo posible: ni más ni menos que la esperanza.
Según el dicho popular “la esperanza es lo último que se pierde”. Esto nos brinda la posibilidad de intuir que dicha dimensión resulta un estadio primigenio a partir del cual se estructura lo posible de la existencia misma, pudiendo tomarse como aproximación válida no sólo como modalidad americana, sino como hecho inherente a lo humano en general.
[1] Heidegger, Martin. “El final de la filosofía y la tarea del pensar”. En Tiempo y ser. Trad.: José Luis Molinuelo. Tecnos. Madrid, 2000.
[2] Zea, Leopoldo. La filosofía americana como filosofía sin más. Siglo XXI. México, 1969.
[3] Salazar Bondy, Augusto. ¿Existe una filosofía de nuestra América? Siglo XXI. México, 1968.
[4] Heidegger, Martin. Op. Cit.
