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28.10.16

Casi me arrasa la huahua.

Rodolfo Kusch. Indios, porteños y dioses. en Obras Completas, Tomo I. Edit. Fundación Ross. Rosario, 2000.


Cuando se viaja a un país extraño uno espera encontrar siempre un estilo de vida inédito. Pero es inútil. Por más que los viajes agudicen la sensibilidad ante la novedad, y uno la busca en la calle, en el tren o en el hotel, siempre alienta nuestra defensa: ese temor de que la novedad destruya la herencia adquirida en nuestra buena ciudad.
Así ocurre, por ejemplo, cuando una mañana a las diez uno ve por las calles de La Paz a un hombre con un sarcófago blanco y pequeño sobre el hombro, a quien acompaña una mujer. Ninguno llora, sólo parecen tener un gran apuro por llegar al cementerio y, una vez ahí, contratan a algunos llorones, cantan unos cantos y luego proceden sin más al entierro del niño, en todo caso acompañando la ceremonia con libaciones abundantes de alguna bebida alcohólica.
Otra vez un indio viejo está arrodillado ante el puesto de una chola y, mientras ésta arregla su mercadería con indiferencia, aquel llora pidiendo quién sabe qué favor.
Nunca haríamos nosotros, los porteños, una cosa así. Claro, se trata de episodios insólitos que nos dejan mudos. Pero hay otros que se aproximan un poco más a nuestras costumbres, y ante los cuales nos atrevemos a adoptar una actitud firme.
Cierta vez pasa ante nosotros un camión pesado, y unas tablas rozan al niño que una india mal vestida tenía colgado de sus espaldas, según la usanza de las mujeres del altiplano. La mujer se tambalea. Alcanzamos a sostenerla y comprobamos que se le había rasgado el manto. Gritamos al conductor para que detenga su marcha, pero éste la continúa con indiferencia.